En ocasiones me dan ganas de escribir. En realidad me gusta mucho hacerlo, pero se me dificulta en demasía; me aburro fácilmente, y en algún lugar leí [quizás de Murakami, pero ahora no recuerdo] que si a ti te gusta algo, entonces podrás seguir escribiendo más y más, si lo que escribes te aburre, te será difícil continuar.
Yo no me aburro, sólo me agobia entrar en mi mente, reflexionar, analizar lo que se encuentra en mi imaginación, porque aunque no quiera, ahí mismo almaceno mis memorias, ahí se funden sin desearlo, inevitablemente.
Entonces pienso, ¿de qué escribo? Y me encuentro imaginando un personaje principal, quien suele ser la suma de propiedades que desearía poseer. Luego viene a mi una locación, la típica locación, la ciudad en la que radico, es lo más inmediato, no requiero de tanto esfuerzo. Entonces llegan los sentimientos, pero no los busco, ellos sólos se permiten llegar a la historia. De repente salen de mis dedos risas y experiencias agradables, inspiradas en el día que acaba de terminar, aún están frescas, desean ser parte de todo… Sin siquiera desearlo el texto se convierte en un fragmento autobiográfico.
Sin darme cuenta, llega sin hacer ruido un sentimiento amargo, fragmentos de un pasado que no me enorgullece, pero que no puedo ni deseo cambiar. Amores, amor, ex-amor… Sufrimiento, desesperación, tristeza, felicidad, más tristeza. Hay experiencias que se graban de forma más clara en nuestro ser, por eso es que accesamos fácilmente a ellas, aunque no es que lo deseémos.
Termino una historia de no más de una página, lo suficiente para entretener por unos cuantos minutos a algún lector casual, pero conforme avanzas logras sentir una sombra que acompaña al texto y la melancolía me llena. A veces logro imprimir mi sentir, pero no es algo que quiera compartir del todo. Entonces me avergüenzo de lo escrito y lo borro, no le doy la oportunidad de probar su valía.
Incluso lo malo, es bueno desde algún punto de vista. Incluso un error es un resultado positivo.
