Ella llegó a mi puerta, me sorprendió bastante verla. Hacia tiempo que no hablábamos, pero su visita me parecía grata. Se sentó en la sala, mirando hacia la taza de café que le había ofrecido. Tras unos segundos de silencio, comenzó a hablar.
-¿Recuerdas cuando me dijiste que él no me amaba?
-Aha
-y que sólo estaba detrás de mis “sabrosísimos y esculturales huesitos”?
-Yep
-¿Y que te llamé un idiota por haber dicho eso?
-Si, incluso recuerdo que me dijiste que me ibas a dar una cachetada si continuaba diciendo esas cosas. ¿Qué con eso? -Respondí sin mucho interés; esos eran problemas que ya deseaba olvidar.
-Tenias razón. Él me lo dijo hoy, tras pelearnos por enésima vez
-Conozco a los de mi tipo; y la verdad no es que tu cuerpo sea lo único que tengas que ofrecer, pero es lo que atrae a los pendejos…
-No es sabrosísimo ni escultural, ¿o sí?
- … -*la mira de arriba a abajo* – Estoy bastante seguro de que estás sabrosa – Le dije en tono burlón.
-¡Tarado! – Tras decir esto se sonrrojó un poco y me miró a la cara, yo proseguí.
-Ok, no, estás horrible, huanga, fea…
-Me estás buscando cabrón -Esa era la Alejandra que yo conocía, me alegré al descubrir que aún seguía dentro de ese caparazón.
-Sabes que estoy jugando. Eres una chica muy linda, eso que ni qué. Tendrás que aprender a separar a las personas que te buscan por quien eres de las personas que te buscan por… * la miré de arriba a abajo nuevamente*
-¿Cómo hago eso?
-Sentido común
Ella era una amiga de hacia varios años; nos encontrábamos charlando sobre su más reciente decepción amorosa: Francisco. Ese tipo era el típico ser despreciable cuya frase favorita era “yo siempre tengo lo que quiero”; he de admitir que sentí un escalofrío tremendo cuando me enteré que su mirada se había colocado sobre Alejandra, no quería que saliera mal parada otra vez; bastante me había costado ya sacarla de su anterior desamor.
Desafortunadamente, no logré hace nada para impedir el curso que ya habían tomado las cosas, e incluso terminamos peleados por un tiempo, un periodo bastante gris en el libro de mi vida. Ahora ella regresa un poco arrepentida, deseando no haber sido tan testaruda; yo deseo no haber sido tan directo, no haberme cerrado a las posibilidades, quizás algo habría cambiado de haberle mostrado mi apoyo, aunque no vale la pena torturarme con esos pensamientos. Hubiera preferido mil veces que el tiempo mostrara que yo era el que estaba equivocado.
En este momento la abrazo fuerte, le recuerdo lo mucho que vale y las tantas cosas que es capaz; ese patán destruyó su autoestima, pero lo que más me molesta es que ella haya permitido tal fechoría en su contra.
Jamás había deseado regresar el tiempo con tanto fervor como lo hago ahora.
